¡Buenas noches
neuromaníacos!
Hoy os hablaré de la
temible Enfermedad del Alzheimer o
también llamada “del olvido”. Como sabréis, es un tipo de demencia con afección
cerebral progresiva y degenerativa que afecta a la memoria, el pensamiento y la
conducta.
Sigue leyendo: http://www.cuandoo.com/dia-mundial-del-alzheimer-2131.html#ixzz3h1DBC85E
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Así sin más, de modo
práctico, compartiré con vosotros la situación de la que fui testigo, por la que
ha vivido un familiar y cuidador de un enfermo de Alzheimer. Aquí, narrando
ella su propia experiencia, además de mostrar la situación, expresa los
sentimientos.
“El
diagnóstico de Alzheimer me alivió; mi madre no estaba loca, no se volvería
loca. Al mismo tiempo me sentí un poco culpable por no haber visitado antes a
un médico.
Mi
madre vivía con mi padre en su propia casa, hasta aquel día que volvió del
parque con un brazo roto; era otoño, y había muchas hojas en la acera, resbaló
y cayó. Pero recordaba el camino de casa, la dirección y pidió a un peatón que
le acompañara hasta casa. Tenía un aspecto terrible, tan pálida, tan asustada y
con un terrible dolor, pero no lloraba. Yo lo sentí mucho por ella, estaba tan
triste. Creo que fue entonces cuando mi actitud hacia ella cambió: no volví a
exigirle nada y, finalmente, acepté lo que la enfermedad significaba. Mi madre
sabía de la enfermedad y parecía que quería informarse sobre ella, así que yo
solía traducirle párrafos de libros y leerlos en voz alta.
Decidí
que ella permanecería conmigo por un tiempo hasta que su brazo estuviera mejor.
Creo que fue la única opción posible. Quería proteger a mi padre y darle más
libertad. Cuando yo estaba trabajando, tenía que acudir a una ayuda a
domicilio.
Cuando
reflexiono sobre este período de mi vida, recuerdo una mezcla de sentimientos:
responsabilidad por mi madre, un sentimiento de deber, y cólera por lo que me
había pasado a mí y a mi madre. Yo tenía mi propia vida, mi hijo de 10 años, mi
trabajo, mis amigos, etc. A veces me sentía encarcelada en mi piso y quería
hacer las maletas e irme. Al principio mi madre parecía entender que ella
estaba conmigo porque alguien la tenía que ayudar a vestirse, lavarse, comer,
pero a menudo protestaba y quería volver con mi padre. Esto fue difícil. Aunque
yo sabía que no se debía discutir sino explicar la situación de manera
sencilla, yo discutía con ella cuando hablaba de irse de casa. Los fines de
semana yo la llevaba allí, de esa manera podría estar con su marido, que ella
adoraba y yo podría dormir, descansar y disfrutar de algo de libertad.
Recuerdo
que estaba feliz de que mi padre no necesitara cuidados. Ambos intentamos hacer
lo mejor para ocuparnos de mi madre. Yo pienso que mi madre lo sabía y que
mostraba su agradecimiento. Era tranquila, indulgente, una persona cariñosa.
Solía sonreír bastante y le gustaba escuchar música, cantar, escucharnos a mí y
a papá hablar, que le leyeses o que le contarás historias. Yo estoy segura de
que ella era consciente de su situación, aunque por supuesto tenía problemas
para comunicarse con nosotros. Ella murió hace un año.”
Después de leer mucho
sobre éste tema, y para concluir, he de decir, que a día de hoy no existe
ningún tratamiento capaz de frenar la progresión de la enfermedad. De manera
que, la pregunta más inmediata es ¿de qué sirve predecir con años -décadas- de
antelación algo que no se puede modificar? Al menos sí podemos dar una
respuesta positiva: todo esto serviría para poder establecer diferentes grupos
terapéuticos de pacientes participantes en ensayos clínicos bien controlados.

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